1

Tema: JUNGFRAU MARATHON, LA MARATÓN MÁS BONITA DEL MUNDO

Me he tomado la licencia de abrir este tema debido a que nuestro club somos cada vez más los que nos estamos lanzando a los trail de montaña.
Se trata del espectacular relato de Elena Junco, familiar mío, que vivió este impresionante maratón de montaña el pasado mes de septiembre de 2012. Solo por poneros en antecendentes, Elena es aficionada al alpinismo desde pequeña, ha corrido bastantes carreras populares y alguna maratón, pero sobre todo ha subido a decenas de montañas de España y del resto del munco. Es una mujer echa u derecha con tres hijos amante de la naturaleza y gran deportista.

Leed con paciencia y disfrutad de este relato (¡¡Qué envidia. A ver cuando nos plantamos allí unos cuantos Primeguis!!)

JUNGFRAU MARATHON, LA MARATÓN MÁS BONITA DEL MUNDO
8 Y 9 DE SEPTIEMBRE DE 2012



Desde el principio me pareció una locura. La palabra “maratón” hacía que se me pusieran lo pelos de punta después de cuatro años sin haber corrido una, y si además se apellidaba “de montaña”, entonces ya se convertía en una meta de apariencia absolutamente inalcanzable.

Pero como la idea surgió después de haber corrido una carrera (la Mürten-Friburgo, de 17 km), debieron ser las endorfinas que nos aceleran la mente y nos hacen creer que nada es inalcanzable ni imposible, las que nos lanzaron a aceptar el reto de correr al año siguiente la Jungfrau Marathon, la maratón más bonita del mundo. Así que animados por Stefan y su familia, que también habían corrido con nosotros en Murten, empezamos a pensar en el segundo fin de semana de septiembre y en la Jungfrau, una impresionante montaña de más de 4.000 metros que corona el valle de Lauterbrunnen en el Oberland bernés.

Me estuve haciendo la remolona todo lo posible a la hora de empezar los entrenamientos específicos que prepararse una carrera de montaña requiere ¡Qué pereza empezar con las cuestas cuando uno puede rodar tranquilamente por los caminos de sirga del canal! ¡y además acompañado por un grupo de amigos! El entrenamiento iba a requerir en primer lugar dedicarme a subir los mayores desniveles posibles. Esto es bastante complicado en una ciudad como Palencia, típica ciudad de la llanura castellana a orillas del río Carrión, en la que el máximo desnivel lo representa la subida al páramo del Monte el Viejo, con un desnivel de poco más de 100 m, es decir, diecisiete veces inferior al desnivel al que íbamos a tener que enfrentarnos en la carrera (1.750 m). Esto suponía que tendría que hacer muchas series consecutivas subiendo y bajando esas cuestas cortas pero endemoniadamente pendientes. La Jungfrau Marathon comienza en el precioso pueblo de Interlaken a 568 metros de altitud, ubicado entre los lagos suizos de Brienz y Thun y termina en el collado de la Kleine Scheidegg a los pies de la cara Norte del emblemático Eiger, después de haber subido hasta los 2.320 metros de altura.

Pero además tendría que realizar los entrenamientos sola, ya que ni se me pasaba por la cabeza convencer a ninguno de mis compañeros habituales de carrera que me acompañaran en algo tan poco popular y tan tedioso, como subir y bajar cuestas sin parar. ¡Una vez convencí a mi amigo Carlos y creo que todavía sigue pensando que le engañé!

Pero finalmente, creo que era a mediados de mayo, no pude retrasarlo más y tuve que imponerme una disciplina para poder estar al menos medianamente preparada el día de la prueba. Todavía recuerdo el primer día en que me puse las zapatillas nuevas de trail que me habían regalado las últimas navidades y me encaminé hacia las cuestas del Cerrato con la firme determinación de subir y bajar el mayor número de veces que mis piernas o mis pulmones lo permitieran y siendo consciente de que éste era el principio de un gran esfuerzo. Pero también convencida de que después de todo esfuerzo habitualmente llega un maravilloso final.

A este primer día siguieron otros muchos, quizás menos de los que me hubiera gustado. La idea era salir un día sí y otro no, es decir, entre 3 y 4 días por semana. Pero no todas las semanas esto fue posible. Primero el final de curso de los niños, con todas las fiestas de despedida, las actuaciones, los actos, los partidos, las cenas…. Luego las vacaciones, que no invitan precisamente a la disciplina, sino más bien a relajarse, descansar e inflarse de ver amigos, viajar, comer en chiringuitos y beber cañas. Por último los calores del verano, que te ponen las cosas difíciles, ya que los únicos momentos en que se puede salir a entrenar sin caer fulminado por un sol abrasador son las primerísimas horas de la mañana o bien al atardecer o casi anochecer. Vamos, que o bien madrugas más que cualquier día laborable o bien sales con una frontal a correr, perspectivas ambas poco apetecibles o atractivas en esta época del año.

Aún así nos logramos organizar para mantener una relativa regularidad y para no tirar todo por la borda, y salimos a sudar con cierta frecuencia, en Palencia subiendo y bajando páramos, en Pechón descubriendo rutas fluviales y costeras con Manuel y Arturito y en Celada….en Celada fue fácil ya que lo imposible es encontrar una ruta sin cuestas. Pero quizás los mayores recuerdos sean las sesiones de entrenamiento en Córcega, levantándonos todos los días a las 7:30 de la mañana para subir corriendo al precioso pueblecito de Ota, colgado sobre el mar: 45 minutos de subida constante en la que ascendíamos más de 350 metros de desnivel y luego bajábamos admirando la torre genovesa vigilando la costa mediterránea.

A lo largo del verano, tuve varias interrupciones en los entrenamientos y fueron varias las ocasiones en que pensé que no iba a llegar sana y salva a la carrera. Primero fue una torcedura en el tobillo izquierdo en Pechón, que se curó con cierta facilidad gracias a los guisantes congelados de Arturito. Luego le tocó el turno al tobillo derecho en Celada, algo de poca importancia, pero que también supuso algún día sin salir. Y en Córcega tuve otro amago de lesión en la Senda de las Mulas. Finalmente un dolor de espalda a menos de tres semanas de la prueba. Esta vez gracias a las manos milagrosas de Paolo pude seguir los entrenamientos. En fin, que no sé si a causa de lo poco civilizado de los lugares de entrenamiento, que en muchas ocasiones eran sendas o caminos escarpados y llenos de piedras, o también llegué a pensar que a causa de mi torpeza, se sucedieron lesiones musculares y articulares una detrás de otra, aunque es verdad que todas de poca importancia.

Ahora mirando hacia atrás, recuerdo incluso con nostalgia las series en el Camino del Palomar Redondo, los senderos entre Tina Mayor y Tina Menor y las carreras matinales en Córcega seguidas, eso sí, de un pain au chocolat y de un baño en la maravillosa piscina del camping. Pero lo que se mantuvo durante estos entrenamientos fue siempre la inquietud de no ser capaz de terminar la carrera, de haber elegido un reto demasiado inalcanzable para mí.

Poco a poco se acercaba el día de la maratón y volví a visitar las cuestas del Monte el Viejo, porque tuve que volver a trabajar a Palencia. Y aquí si me dí cuenta por primera vez de que había mejorado algo mi condición física, ya que lo que antes subía en casi 5 minutos ahora me llevaba poco más de cuatro. Gracias a Dios, eso me dio en parte la confianza que todavía no había conseguido reunir y que tan importante es a la hora de enfrentarse a una carrera de resistencia. No en vano dicen que estas carreras se ganan sobre todo con la cabeza.

Y llegó el día de preparar las maletas y coger el avión en Madrid rumbo a Ginebra. Fuimos Jose Antonio y Ana, los tres niños y nosotros y en Berna nos esperaba la familia Kilchenmann. Era jueves y la carrera estaba organizada en dos jornadas: el sábado correrían mujeres y hombres de más de 50 años y el domingo hombres de menos de 50 años, en total 8.000 corredores distribuidos en dos días. Esto suponía que en nuestro equipo tres personas correríamos el sábado: Paloma, Stefan y yo y el domingo los otros tres: Jose, David y Adrián. Toda la actividad del jueves y el viernes giró alrededor de la carrera: no andar mucho para no cargar las piernas, comer pasta (gracias Lilly por esas estupendas cenas), dormir bien, ir a por los dorsales a la fiesta del corredor…..y la noche antes preparar la estrategia, la ropa y los accesorios.

¡Parece increíble lo que hay que preparar para algo tan sencillo como salir a correr! Empezamos por las zapatillas y los calcetines, que hay que elegir con mucho cuidado, siempre sin costuras para evitar las ampollas. La duda de si llevar malla corta o larga implica también un dilema (se entra en internet para comprobar la previsión meteorológica del día siguiente) y aún así existen dudas y largos comentarios. Seguimos por el tema camiseta y aquí las posibilidades se multiplican: sin mangas, con manga corta, con manga larga, camiseta extra para el frío a primera hora. Los argumentos y los comentarios pueden ser interminables. Luego viene si llevar o no visera y gafas de sol, otro dilema insuperable. Y cuando llega la hora de los accesorios ya ni digamos: música, teléfono, pulsómetro (hasta este punto está tecnificado también el correr), cinturón con agua o con bebida isotónica, muñequera con glucosa, power gel, vitality plus….¡pero si algunos parecen una farmacia ambulante! Stefan eligió un suplemento más natural, dátiles con sal, los chicos nada de nada (a ellos les acompaña la juventud y el físico), yo opté por una glucosa tradicional y un vitality plus para las últimas cuestas y Jose llevó lo mismo que yo.

Así organizados pusimos el despertador a las 6:15 de la mañana. Yo como siempre antes de una carrera había pasado una noche bastante mala, despertándome cada dos por tres y muy inquieta. Pero me levanté bastante optimista y con ganas de llegar hasta esos glaciares aunque con un pequeño dolor en la espalda. Salimos a las 7:00 de casa, con bastante antelación y menos mal, porque a Paloma se le había olvidado el dorsal que tuvimos que volver a buscar.

Llegamos a Interlaken con tiempo suficiente para hacer dos o tres pises, colocarnos el dorsal, hacernos unas fotos, embadurnarme la espalda un par de veces con un gel de calor que me pasó Stefan y admirar el impresionante ambiente, muy internacional y pletórico de energía. Y por fin empieza la carrera, besos a Stefan y a Paloma, ¡suerte!, y primero al paso, luego al trote y luego a un ritmo muy cómodo recorremos los primeros kilómetros en el pueblo de Interlaken. Me acuerdo de la primera orquesta a los pies del lago Brienz ¡qué belleza!. El día no puede ser más bonito ni la temperatura mejor para conquistar la meta en las alturas. Yo estoy deseando dejar el asfalto y empezar a subir por el valle que se adivina a lo lejos.

Los primeros 26 km son bastante asumibles, con muy poco desnivel y transcurren paralelos al río Lütschine. Stéfan me va contando cosas por el camino, lo que hace la carrera muy amena. El primer objetivo es el km 15, dónde estará nuestra familia esperándonos para darnos ánimos y fuerzas….y sí allí están, con la bandera española y ecuatoriana y la bufanda del atlético de Madrid. Sólo verles nos da fuerza. Me tomo la primera glucosa mientras pienso en el segundo objetivo, el km 20, dónde volverán a esperarnos los nuestros con más ánimos. En este punto se atraviesa el pueblecito de Lauterbrunnen, y todo el recorrido está lleno de gente animando, de banderas, de colorido, de música…así da gusto.  Desde este punto la carrera se adentra en el fondo de valle para luego volver y se pasa por debajo de cascadas impresionantes que se dejan caer desde paredes verticales de más de 80 m de altura. Desde luego el paisaje no puede ser más bonito. Stefan y yo seguimos muy cómodos juntos, con un ritmo medio de 6 minutos el kilómetro. De vez en cuando por el camino hay orquestas que nos animan y los avituallamientos son muy completos: primero bebida isotónica, luego caldo (bouillon), después plátanos o barritas energéticas para terminar con agua fresca. Yo solo bebo agua en todos los avituallamientos, no quiero hacer experimentos que puedan tener consecuencias imprevisibles en mi estómago.

Y así llegamos al km 26, el punto de inflexión de la carrera, en el que empiezan las cuestas infernales que nos rompieron el ritmo y en las que a mí, y a juzgar por lo que vi a mi alrededor a todos, nos pareció imposible seguir corriendo. Así que echamos pie al suelo y empezamos a subir andando, eso sí, a buen ritmo. En este punto la carrera se convierte en otra prueba diferente: veo gente haciendo fotos, hablando, admirando el paisaje, sin parar de andar pero evidentemente a otro ritmo. Pierdo a Stefan de vista, miro varias veces hacia atrás pero no logro verle. Como habíamos dicho que cada uno siguiera su ritmo tampoco me preocupo demasiado. Empieza a sonar desde una de las casas a todo volumen la canción de Pink Floyd “El Muro”…..qué buena elección. Para mí, en el fondo, llegar a estas cuestas y dejar un ratito de correr, cambiar de movimiento, fue un verdadero descanso, para las piernas y para la mente.

Y llegamos a Wengen, otro pueblecito al que solo se puede acceder con tren o bien a través de algunos caminos que exclusivamente dan acceso a la población local. El pueblo está vestido de fiesta, con banderas, miles de personas, música….qué preciosidad y qué ánimo te infunden. Al salir de Wengen se puede de nuevo empezar a correr, aunque cuesta un triunfo volver a mover las piernas. Unos corren otros andan, cada uno hace lo que puede. Como ya estamos en el km 32, yo empiezo a decirle a mi cabeza que ya estamos en la cuenta atrás hacia la meta.

Pero entonces me empieza a entrar el bajón, siento que se me nubla un poco la cabeza, una sensación de mareo y a la vez de mariposas en el estómago que me hace ponerme a andar con un vaso lleno de agua en la mano para irme mojando la cara de vez en cuando. La sensación de frescor me ayuda a mantenerme y no desfallecer. Hay varios kilómetros de los que no guardo recuerdos, es como si se me hubieran borrado. Probablemente mi cabeza se concentró tanto en seguir adelante que no era capaz de grabar ninguna otra sensación del exterior. De esos kilómetros tan solo me acuerdo de un camino entre abetos y de la cara del glaciar vigilando en todo momento nuestra marcha, desde las alturas. Y parece que después de algún tiempo logro superar el bache y vuelvo a sentirme con fuerzas para continuar. Incluso me atrevo a volver de nuevo a correr algún tramo de menos pendiente.

Hasta que llegamos de nuevo a las empinadas cuestas finales. Ahora el camino es una senda estrecha que nos obliga a ir en fila de a uno, sorteando rocas y raíces de abeto. Veo a varios corredores apartados vomitando por el esfuerzo. Se respira ya la meta, pero aún quedan los kilómetros finales por la morrena del glaciar. En un momento levanto la cabeza y veo una fila de miles de camisetas de colores que suben en línea por un camino estrecho hasta casi perderse de vista…….un momento de desesperación, de esto nunca se acaba, de hasta dónde hay que subir, madre mía…….pero el instante de desaliento es momentáneo, porque enseguida sólo me concentro en cada paso. La meta no está allí arriba, está en cada roca del camino, en cada metro que avanzo, en cada rodilla que sube, en cada músculo que se tensa.

Luego me acuerdo de un grupo de músicos tocando los cuernos suizos en plena morrena y soy capaz de disfrutar de la música, del ambiente y del maravilloso paisaje. Veo a muchos corredores sentados en mitad de la cuesta con calambres y tirones. Mi espalda gracia a Dios me ha venido molestando, pero no me ha dolido en ningún momento como para hacerme parar. En un lugar hay un paso entre rocas complicado (bueno, complicado si se tienen los músculos tan agotados) y dos voluntarios de la organización van dando la mano a cada corredor para superarlo. Si no me la llegan a dar probablemente me hubiera caído de bruces al suelo.

Y por fin he llegado al punto más alto del recorrido, 2.320 metros de altitud y ahora solo queda dejarse caer por el kilómetro final hasta la meta. Ya se oye la megafonía, ya se ven los arcos de llegada y no sé como soy capaz de ponerme a correr con bastante energía. Además veo a mis hijos que se ponen a correr a mi lado y Daniel me grita..…¡ánimo mamá que lo consigues! ¿qué consigo qué???? ¡Qué consigues llegar en menos de seis horas! Y entonces me lanzo a correr todo lo rápido de que soy capaz, que me imagino que no sería mucho aunque a mí me parecía en ese momento que volaba. Y cruzo la meta y en ese momento me entra una emoción que solo soy capaz de controlar a duras penas, las lágrimas se me agolpan en los ojos, pero como Daniel está ahí las intento contener y me pregunta algo a lo que casi no puedo contestar……. ¡qué alegría! ¡he conseguido terminar! ¡no me lo puedo creer!

Y miro a mi alrededor, las cumbres del Eiger, la Jungfrau y el Mönch nos miran sonriendo, las nieves del glaciar se desangran valle abajo, el día sigue siendo radiante y el paisaje impresionante, estoy con las personas que más quiero (bueno, con casi todas) y acabo de conseguir mi objetivo. Y estoy feliz de haberme enganchado en esta maravillosa locura. Gracias a todos los que la habéis hecho posible y a los que me habéis animado antes, durante y después. Muchas gracias.

PD: durante los días siguientes me dolieron sucesivamente la rodilla izquierda, la cadera derecha y la espalda; dos ampollas y una uña negra; pero si puedo describir cómo me sentía, diría que fuí feliz. Aún hoy cuando revivo esos momentos siento una gran emoción.

Elena Junco
Palencia

2

Re: JUNGFRAU MARATHON, LA MARATÓN MÁS BONITA DEL MUNDO

Preciosa la crónica... me ha encantado Arturo
y enhorabuena a Elena!!

Cuando corres sobre la tierra y con la tierra, puedes correr para siempre.

3

Re: JUNGFRAU MARATHON, LA MARATÓN MÁS BONITA DEL MUNDO

Muy emocionante. Además he recordado que cuando acabé COU fui a Interlagos, unos paisajes nevados preciosos.  Entran ganas de comenzar a correr por el monte cual Kumio, que diga, cabra montesa smile smile 
Enhorabuena por tu experiencia, Elena. Debe ser algo inolvidable. pero 6 horas de competición... uffff se me hace imposible ni pensarlo.

"El verdadero triunfo no es ganar siempre, sino no desanimarse nunca"

Re: JUNGFRAU MARATHON, LA MARATÓN MÁS BONITA DEL MUNDO

Emocionante!!!! Y muy valiente!!!!

Primeguis es mas que un club!