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Tema: Maldita cocacola

El tiempo se presentaba inestable. El pronóstico del tiempo daba probabilidad de lluvia cercana al 100%, pero después de tres meses de duro entrenamiento, de madrugones, de pasar calor y frío, unas pocas gotas no nos iban a amilanar. Unas pocas gotas, si, seguro.

El día anterior a la carrera ya amaneció lloviendo. Había que ir a recoger los dorsales a un centro comercial, probablemente el más masificado de Sevilla por compartir espacio con la tienda esa que hacen albóndigas con la gente que no encuentra la salida. Me fui con tiempo para darme una vuelta por la feria del corredor ya que hasta las 9:30 de la noche no había quedado con Miguel Ángel Vila, que me había ofrecido hospedarme un su casa de Sevilla. En la recogida de dorsales me encontré con Sevi de Runnáticos y luego con Antonio “Correcaminos” que nos traía un cargamento de geles y barritas para la carrera: la “droja”. Después de recoger el dorsal y la camiseta de finisher, extrañamente parecida a la de manga corta de Primeguis y dar una  vuelta por la “feria del corredor” que nos llevó la friolera de 2 minutos pues consistía en un solo stand del patrocinador, con unas cuantas mochilas de hidratación, un perchero con ropa y cuatro o cinco zapatillas. Nos fuimos a tomar una cerveza al 100 montaditos para hacer tiempo porque me había llamado mi amiga Susana Castillo que iba también a recoger el dorsal. Total, que a falta de feria del corredor me di una vuelta por el Mercadona a comprarme unos cacahuetes, que estaba muerto de hambre.

A las 9 me llamó Vila, que le había pillado el atasco del fútbol saliendo de Málaga y que llegaría sobre las 10 así que decidí hacerle una visita a unos amigos que vivían cerca y luego me dirigí al Sloopy Joe, una especie de Foster’s Hollywood Miarma, que se va a convertir en cita obligada para la noche de la pasta en las carreras en Sevilla. Como no, nos pusimos pujos de comer, por supuesto los también tradicionales nachos y nos fuimos para casa, que había que acostarse tempranito para madrugar al día siguiente. Cuando nos estábamos acostando, cayó la madre de todas las tormentas, lo que garantizaba una carrera lo más de divertida y despejó toda duda acerca de qué zapatillas llevar: definitivamente, zapas de trail, con tacos porque iba a haber barro para “jartarnos”.

El día de la carrera amaneció nublado amenazando lluvia y en el trayecto del coche a la salida nos cayó un chaparrón que nos caló la ropa, la primera, en la frente. En la salida, todo eran chubasqueros y plásticos para no mojarse, así que dejamos las mochilas en el camión guardarropa y cogimos los chubasqueros, que no nos iban a estorbar. Allí nos encontramos con todos los conocidos, Antonio “Correcaminos”, Sevi, Javi y Salva de Runnáticos, Susana Castillo y nos hicimos unas cuantas fotos juntos.

Llegó la hora de la salida, los primeros kilómetros eran neutralizados, no se podía adelantar al coche de cabeza, pero daba igual, porque iba más rápido de lo que nosotros queríamos ir. La idea era hacer cuatro kilómetros corriendo y uno andando, con lo que según las previsiones saldrían entre 8 y 8:30 horas. Que iluso. Lo primero de lo que nos dimos cuenta fue de que el terreno no era en absoluto llano. Un sube y baja continuo que pasaba factura a las piernas. Los primeros diez kilómetros eran feos hasta decir basta, los arrabales de San Juan de Aznalfarache y Bormujos son un vertedero ilegal salpicado cada diez metros por montones de escombros y de basuras, algunos incluso ardiendo. La cosa cambió cuando entramos en el campo, todo más bonito…. pero también más embarrado. A cada instante, nos sacaban del camino y nos metían entre las matas para bordear algún charco gigantesco, imposible llevar un ritmo constante corriendo agachados, aparte del viento en contra, que no nos abandonó en ningún momento de la carrera. Todo fue más o menos según lo planeado hasta que llegamos a Villamanrique, en el kilómetro 40. Allí el avituallamiento era más completo, sándwiches, dulces de chocolate, frutos secos, fruta y sales… y cocacola. También había servicio de fisioterapia, así que me puse en cola porque iba un poco cargado de los aductores. Como había tardado mucho en el fisio, solo cogí un trozo de plátano y una cocacola para salir rápido porque Vila me estaba ya esperando. Nada más tomarme la cocacola sentí que me caía en el estómago como una piedra y empecé a sentirme hinchado. A los dos kilómetros, justo diciéndole a Vila que ya habíamos pasado la maratón y que éramos oficialmente “ultreros” me empecé a sentir mal. Primero me tuve que quitar la camiseta interior térmica porque sentía que me ahogaba, y al poco empezaron los calambres estomacales, que sólo se calmaban quedándome parado y agachándome. Habíamos pasado la maratón en 5:20, más o menos según lo previsto. Pero a partir de ese momento, mi cuerpo era incapaz de correr, en cuanto empezaba a trotar aparecía los calambres, así que decidimos seguir andando a buen paso a ver si la cosa pasaba. Pero nada más lejos de la realidad, aún andando me daban calambres de tanto en tanto y nos teníamos que parar. La gente que nos adelantaba nos ofrecía geles, barritas y de todo, pero yo era incapaz de ingerir nada. Incluso dar un sorbo de agua de la mochila me costaba horrores. Y así fueron pasando los kilómetros, entre retortijón y retortijón, nos cayeron dos tormentas que nos calaron hasta los huesos. En el avituallamiento de Hinojos, más o menos en el km. 50 estuve a punto de retirarme. Pero después de un cambio de ropa y calcetines y de los ánimos de Vila, me sentí un poco mejor y decidí tirar para adelante. Seguía sin poder comer nada y nos juntamos con una gente de Nerva (Huelva) con los que se nos hizo un poco más ameno el camino, pero como yo me tenía que parar a cada momento por los calambres, nos adelantaron y nos volvimos a quedar solos cuando tuve que abandonar el sendero para hacer “aguas mayores”. Ya, todo fue un monólogo de pinos y viento durante todo el camino, y yo a cada 500 metros diciendo “Vila, recuérdame que no me apunte a una ultra en mi puta vida”. Cuando vimos en el horizonte la aldea del Rocío, aún nos tenía la carrera una última sorpresa, 500 metros de arenal que era como andar por polvos de talco y una vuelta alrededor del pueblo de más de un kilómetro, que, con más o menos estilo, hicimos trotando. En la meta, junto a la ermita, Antonio nos estaba esperando para darnos la enhorabuena. No creo haberme alegrado tanto de ver una iglesia en toda mi vida. Nos entrevistó el “speaker” y nos fuimos a ducharnos, no sin antes comer algo, esta vez un sándwich que me sentó de maravilla y pasar por las fisios que nos dieron un repasillo, aunque salimos andando como John Wayne. Después de la ducha, en la otra punta del pueblo, una cena rociera con cerveza, pluma ibérica y papas con alioli  que me termino de asentar el estómago. En el autobús de vuelta, nos encontramos con Susana y entre charla y chascarrillos se nos pasó el viaje en un segundo. Vuelta al coche, y a casa. A las once estábamos en la cama. “Buenas noches, Custo, que descanses” “Buenas, noches Vila. Recuérdame... ¿Cuándo es la próxima?”

Si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera, ése no es otro que el tú de ayer.